domingo, 8 de marzo de 2009


Un gris amanecer halagaba sus pasiones y el camino húmedo de una llovizna pasada los seducía. El frío de la brisa de madrugada danzaba entre sus brazos mientras algunas valientes gotas se atrevían a interrumpirlos. Ella sugirió que se apresuren, y él le recordó que era solo agua. Ella observaba el cielo pálido, mientras él la abrazaba, ella lo soñó entre todas sus verdades y él resucitó aquellos sueños que había enterrado. Otoñales árboles los albergaban mientras un follaje castaño se adormecía en sus cabellos. Él la sumergía entre sus brazos cuando la luna se retiraba pálida a su alivio, ella no le daba tregua a su sonrisa y él no discernía entre el límite de su hermosura. Caminaban, desvaneciendo el mundo ante cada paso, deseando que el camino se torne inacabable y aquel momento eterno, él la sorprendió tentando el recuerdo de sus sentimientos más vulnerables y ella prometió no enamorarse. La realidad sacudió sus ojos y el frío le robó sus lágrimas, él no pudo tolerar verla alejarse, la tomó entre sus brazos y le pidió que sólo lo haga un instante más, ella calló sus suspiros y sus dolores mientras le proponía un mañana... Se besaron convirtiendo al universo en su exclusividad y ambos cerraron los ojos para omitir la despedida, cuando sus manos ya no pudieron tocarse se descubrieron con un “hasta pronto” y cerraron la puerta del sentimiento, aunque ambos sabían que esa sería la última vez... Y cuando ella le echó cuentas a su promesa, se dio cuenta que ya era demasiado tarde...

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